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El carisma de Perón, Fidel… por ejemplo por Rubén Cortés

El carisma de Perón, Fidel… por ejemplo

CANELA FINA
Por
Rubén Cortés –
21 mayo, 2018

Ronald Reagan y Margaret Thatcher, los dos estadistas que más contribuyeron a la caída de la URSS (el mayor enemigo histórico de la cultura democrática) no tenían nada del carisma de líder que, como Hitler, Mussolini, Perón o Fidel Castro, sacaron a flote el irracionalismo del ser humano.

En La llamada de la tribu (Alfaguara), Vargas Llosa se apoya en Karl Popper para explicar la fascinación ante el político tipo brujo, santón de palabra sagrada, cacique, que toma por las sociedades todas las decisiones y las hace sentirse cómodas, amamantadas.

“Nunca hemos superado del todo la añoranza por la tribu. Igual que el animal en la manada, el ser humano adormecido en la pandilla practica las mismas costumbres, odiando al otro, al ser diferente, a quien debe responsabilizar de todas las calamidades que sobrevienen a la tribu”, escribe Vargas Llosa.
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Revela el Nobel de Literatura 2010 que, tras un sarampión izquierdista, se convirtió al liberalismo cuando vivía en Inglaterra y observó el gobierno de Thatcher (1979-90), coincidente con el de Reagan (1981-89). La Inglaterra que recibió Thatcher era un país en decadencia.

Los gobiernos de izquierda que siguieron al de Winston Churchill en la posguerra habían nacionalizado la industria y alquilaban a la gente viviendas “sociales” para mantener un clientelismo electoral. Thatcher vendió las industrias a los privados y las casas a quienes las alquilaban.

Con reformas económicas y defendiendo la cultura democrática, Thatcher convirtió a Inglaterra en la sociedad más dinámica de Europa, en consonancia con Reagan en Estados Unidos, que desregularizó el sistema financiero, bajó impuestos y enfrentó a los sindicatos vividores del erario.

Reagan y Thatcher abrieron sus fronteras a la competencia, dieron igualdad de oportunidades, respetando al individuo y sus ideas; mientras los ciudadanos de los países populistas vivían en el despotismo, el autoritarismo y la ruina económica.

Thatcher era más preparada técnica y culturalmente que Reagan, pero emocionaba menos que un panteón. Ella leía a Friedrich von Hayek y a Popper; él, que era sangrón, leía a Louis L’Amour, que escribe sobre vaqueros del Oeste.

Ninguno encendía multitudes como Hitler, Mussolini, Perón, Fidel: carismáticos que conectaban, emocionaban, pero se arrogaron la vida de sus naciones y las arruinaron. Les ha ido mejor a los países que votaron por presidentes competentes, aun siendo fríos y aburridos.

Un mandatario tiene la obligación de hacer pasar sus ideas por la prueba de la realidad. Aunque los presidentes de hoy enfrentan una pandemia mental que no encontraron Thatcher y Reagan: la gente ya no cree en los hechos.

Y ahí entra una cita de Raymond Aron, a quien Vargas Llosa dedica, indudablemente, el mejor capítulo de La llamada de la tribu:

“Cuando la idiotez predomina, yo dejo de entender”.

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